Mucha gente cree que cuanto más a menudo se riegue la uva, más grandes y jugosos serán los racimos. La verdad es que la uva es un cultivo con carácter, y los cuidados excesivos sólo la perjudican.
Perdonará antes una ligera sequía que un encharcamiento diario en las raíces, que provoca el agrietamiento de las bayas y el desarrollo de hongos, informa el corresponsal de .
La regla más importante es regar poco, pero de modo que el agua llegue hasta la profundidad de las raíces principales, y no humedecer sólo la capa superior. Humedecer la superficie hace más mal que bien: en lugar de crecer en profundidad, las raíces se extienden por la superficie y sufren la más mínima diferencia de temperatura.
En primavera, justo después de que se abra la vid, la uva necesita humedad para empezar a crecer. En ese momento, el riego se combina con la primera fertilización nitrogenada, que ayuda a la planta a desarrollar su masa verde.
Pero en cuanto las bayas empiezan a brotar, el riego se reduce al mínimo, pues de lo contrario la piel reventará y la cosecha morirá por podredumbre. Los viticultores experimentados no miran el calendario, sino el estado de las hojas y la previsión meteorológica.
Si se espera un tiempo caluroso, es mejor regar con antelación y acolchar el suelo con paja o corteza. El mantillo funciona como un acondicionador de aire: impide que la humedad se evapore y protege las raíces del sobrecalentamiento, además de frenar el crecimiento de malas hierbas.
Durante el periodo de maduración hay que tener especial cuidado. Las propias uvas regulan el flujo de azúcares hacia las bayas, y un cambio brusco de humedad (sequía y luego un chaparrón) es garantía de agrietamiento. Es imposible salvar una cosecha así, sólo puede destinarse a zumo o vino.
El riego por surcos o un sistema de goteo es mucho más eficaz que una manguera convencional. Así el agua se dosifica y no salpica las hojas, a las que no les gusta mojarse en un día soleado.
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