Una joven madre en el parque infantil se queja a su amiga de que siempre tiene hambre, a pesar de que hace sólo una hora que ha desayunado, y tiene en la mano un café frío y una botella de refresco dulce.
El cuerpo grita sed, pero recibe otra ración de azúcar y cafeína, que no hacen sino aumentar la deshidratación, informa el corresponsal de .
Investigadores de la Universidad de Connecticut descubrieron que incluso una deshidratación leve a nivel del 1-2% del peso corporal puede arruinar el estado de ánimo y reducir la concentración. Una persona se siente aletargada y rota, busca una bebida energética o un bollo, aunque en realidad sólo necesita agua.
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Los nefrólogos advierten: hay que beber agua no cuando la boca está seca, sino uniformemente a lo largo del día. La sensación de sed es una señal tardía; el cuerpo la da cuando realmente se ha producido la deshidratación.
La velocidad de absorción del agua depende de su temperatura y de la presencia de electrolitos. El agua tibia con un poco de sal o limón se absorbe más rápido que el agua helada, que simplemente transita por el tracto gastrointestinal.
La gente suele confundir el hambre y la sed porque el hipotálamo es responsable de ambas sensaciones. Cuando la señal llega difusa, el cerebro la interpreta como un deseo de comer, sobre todo si la persona está acostumbrada a picar por estrés.
Una clínica europea realizó un experimento: se pidió a los pacientes que se quejaban de hambre constante que bebieran un vaso de agua antes de cada comida. La mayoría de los participantes notaron que empezaban a comer porciones más pequeñas y que disminuían sus ansias de picar.
El agua interviene en la descomposición de las grasas y el transporte de nutrientes; sin ella, el metabolismo simplemente se ralentiza. Si a las células les faltan líquidos, no pueden quemar calorías de forma eficaz ni eliminar los productos de desecho.
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